Fueron cuatro, (un médico y tres aprendices de bata blanca), quienes tal vez cansados de escuchar corazones y respiros con su estetoscopio, dieron un paso de pioneros. Y así la noche del 20 de agosto de 1920, voces de tenores y sopranos pusieron a temblar los tímpanos de unos cincuenta oyentes, quienes maravillados escucharon sin tener a los músicos presentes, la ópera del alemán Richard Wagner, Pérsifal.

Enrique Telémaco Sisuni era un médico radioaficionado. Él y tres estudiantes (Miguel Mujica, César Guerrico y Luis Romero Carranza) convirtieron la platabanda del Teatro Coliseo, en la calle Charcas, Buenos Aires, Argentina, en su base de operaciones.

Un año antes, Susini había estado en Francia, donde conoció los equipos de transmisión militar del frente de guerra. Su cabeza se llenó de ideas, y su maleta cargó con varias válvulas Pathé, para construir un transmisor de radio.

Su ciencia fue más allá de huesos y vísceras. Además del transmisor, armaron una antena de 40 metros y conectaron el equipo de cinco vatios con un micrófono para sordos que recogía el sonido ambiente con la bocina de un fonógrafo de la época. Durante varios días trabajaron como hormiguitas.

Esa noche del 20 de agosto, estaban listos para transmitir la primera de las piezas de la temporada de ópera. Los llamaban los “locos de la azotea”.

Algunos bonairenses estaban alertados, y se ingeniaron unas piedras de galena, piedras imantadas que funcionaban como audífonos para escuchar las transmisiones, sin necesidad de un receptor de radio.

Esa noche, con la presentación en la voz del propio Susini, se presentaron tenores, sopranos y barítonos en la primera transmisión de radio abierta que el mundo conoció.

Esa primera emisora se llamó Sociedad Radio Argentina. Antecedió por tres meses la experiencia estadounidense y fue la primera emisora que se inscribió como empresa radiofónica en el registro internacional para obtener la patente número 1 en su tipo.